Blogia

ENTRE LINEAS

¿Te vienes?

¿Te vienes?

Vivo rodeado de convencionalismos, sonrisas encajadas, cariños encorsetados, editores de fotocopias de libros de poemas, consejos de prospecto, deporte de asfalto, guías urbanas, líneas trazadas, educados desprecios, retazos de sueños en las papeleras del alma, lluvia solitaria, letras de ansiedad, paneles indicadores, lienzos cautivos en inaccesibles museos, silencios ruidosos, soledades tumultuosas, propuestas para invertir la vida...

 

Si también tienes todo eso, enhorabuena, formas parte del lado claro y a buen seguro que nos encontraremos.

Pero hay otro lado donde no hay pautas ni líneas a seguir.

Donde cada día tiene un principio totalmente nuevo.

Donde olvidarás coger el metro de las siete y media, equivocarte de parada, podrás pisar los charcos, saltarte el semáforo en rojo, tomar el sol, hacer el amor oyendo el mar, coger carrera para saltar el precipicio de la angustia.

Cruzar la soledad por donde quieras…

Aprender a hacer volar tus sueños…

Allí me dirijo.

Al lado oscuro...

Sin linternas, ni antorchas. Solo llevo como equipaje la brújula de mis sentidos.

 

Fechas






Hoy hace seis meses que escribimos, Entre Líneas y yo, las primeras rayas en este lugar y habíamos pensado que podía ser un buen día para enterrar a “Entre Líneas”. El citado individuo se encuentra convaleciente de un accidente que sufrió al caerse mientras representaba su número de equilibrista en ese circo de la Vida en el que trabajamos. A pesar de los años que tiene y de los avisos que ha sufrido con otras caídas, se empeña en seguir trabajando sin red. Yo se lo digo, pero él “erre que erre” con las mismas. Y así le va, dándose de golpes con el suelo de la pista.


En principio estas páginas iban a tener otro título y su fecha de caducidad estaba fijada en trescientos sesenta y cinco días. Hace aproximadamente un mes pensamos que seis meses ya estaban bien. Era la mitad de nuestros objetivos y dada nuestra endémica remolonería, superaba incluso las expectativas. Pero, claro, cerrarlas ahora nos crea un problema de conciencia para con algunas personas que conocimos en el medio (“La Red") Son aquellas que saben de nuestras andanzas exclusivamente a través de este diario. Son aquellas que, de vez en cuando, se asoman a esta ventanita para saber si estamos ahí y conocer si “nos cuidamos”, no vaya a ser que, no haciéndolo, vayamos a molestar su tranquilidad de espectadoras privilegiadas y tengan que representar nuestro número circense o, lo que es peor para ellas, ayudarnos en él.


Por eso, en aras a evitar sufrimientos, hemos decidido continuar hasta mañana, o tal vez hasta pasado, o hasta hoy, con nuestra función y hacer llegar un mensaje de tranquilidad a esas personas que tanto bienestar nos desean. Por favor, no preocuparos más. Nos cuidamos y, para demostrároslo, nos vamos ahora mismo al gimnasio.

Magia es...

Magia es...

Magia es convertir un 21 de octubre en  25.
Magia es desear que un viernes sea martes.
Magia es amar todos los días como si fuesen 21 de octubre.
Magia es sacar de la chistera de la boca un beso apasionado.
Magia es cambiar una lágrima por una sonrisa.
Magia es obtener una caricia del puño cerrado de la desesperanza.
Magia es elegir un sueño posible ante una realidad imposible.
Magia es hacer desaparecer el mío para que surja el nosotros.

Magia es dejarte atravesar por la sinceridad de unas palabras sin que las palabras te dañen.
Magia es cruzar el fuego de la mentira sin que las llamas te alcancen.
Magia es percibir con tus sentidos lo que tus manos tocan.
Magia es deshacer los nudos que atenazan el alma liberándola de absurdos compromisos.
Magia es salir de una caja sellada con los clavos de la duda.
Magia es mirar con el corazón lo que tus ojos no ven.
Magia es imaginar que vuelas con la única ayuda de tus sentimientos.
Magia es ilusionarte e ilusionar por el simple hecho de ser y estar.
Magia es haber conocido unos seres tangiblemente intangibles que ofrecen su luz para disipar sombras.
Magia es querer con todas tus fuerzas que exista la Magia.
Magia es, en definitiva, vivir.

Uniformes

Uniformes

Solemos identificar lugares y situaciones con ciertos modos de comportamiento y, sobre todo, modas en el vestir. Por eso, es impensable encontrar en una manifestación reivindicando mejoras salariales y convocadas por sindicatos de clase, por ejemplo, a alguien vestido con aspecto burgués es decir, con americana, corbata, afeitado y peinado. Ese esperpento internacional (menos mal que las uniformidades no se dan solo en suelo patrio) se refleja con mayor claridad en los políticos. Así, los de izquierdas, suelen presentarse ante sus militantes convenientemente descamisados, descorbatados y, a ser posible, con aspecto desaliñado. En cambio cuando se dirigen a la ciudadanía que gobiernan, lo hacen ataviados con la típica vestimenta burguesa en la que la americana, la corbata y el mocasín de marca no pueden faltar. Los políticos de derechas, en cambio, son más monocordes en su uniformidad, en su “pensamiento único” en el vestir. Se presentan ante su “hinchada” y ante sus gobernados en igual forma. Con aspecto de derechas, representado universalmente por el traje de nombre italiano, la corbata conjuntada y los complementos “ad hoc” que no citaré porque no es este lugar para dar pábulo ni publicidad a nadie.



A mí me ocurrió algo parecido el jueves por la noche. Me explico. Estos días pasados he estado en Madrid durante los que oficialmente (y realmente, malpensad@s) asistí a un congreso de lo más serio que se pueda imaginar. Claro, en los llamados congresos serios, un@ debe ir vestido con el uniforme de congreso serio y distinguido y ese no es otro que americana, corbata, camisa, mocasines, calcetines negros, etcétera (que es lo que no se ve pero se intuye ;-)). El ir acicalado más o menos como todo el mundo tiene sus ventajas ya que pasas desapercibido y no saludas a aquél (o aquélla) a quién no quieres saludar. Pues bien al término del primer día del congreso, las ocho de la tarde, me largué corriendo hacia la Gran Vía madrileña donde, en el número 54, está el teatro Rialto. Allí se representa “Hoy no me puedo levantar”, un musical que rememora la trayectoria de Mecano (que supongo tod@s conocéis… siiiiiiiiiiii. Que eso es de cultura general ¿eh? ) desde su creación hasta su disolución allá por 1992. Ir a ver un musical de Mecano, santo y seña de la “movida madrileña y algo más” de los Ochenta, sin la “chupa de cuero” es como ir a una playa nudista vestido. Es decir que vas para disfrutar y que te disfruten… Pero, en fin, no me dió tiempo a cambiarme así que tuve que ir con la vestimenta seria y protocolaria del congreso. Total que por una vez, destacaba más por no ir conjuntado con el ambiente, que por mis naturales encantos… Lo que también tuvo sus ventajas ya que la rubia que tocaba la batería encerrada en una especie de jaula de vidrio situada al lado del último anfiteatro, no paraba de mirarme… o al menos era la ilusión (óptica) que yo tenía. Lo cierto es que acabé descorbatado, casi descamisado, absolutamente desmelenado cuando, a grito pelado con esa voz que la madre naturaleza se “ensañó” en regalarme, repetía el estribillo…



“…Y los muertos aquí
lo pasamos muy bien
entre flores de colores
y los viernes y tal
si en la fosa no hay plan
nos vestimos y salimos
para dar una vuelta
sin pasar de la puerta eso si
que los muertos aquí
es donde tienen que estar
y el cielo por mi se puede esperar…”



Y es que, por fortuna, ni mi corazón ni mi mente tienen uniformes... El viernes noche, más. Pero esa es otra historia.

Sin comentarios

Sin comentarios

Esta tarde salgo de viaje y no regreso hasta el sábado así que, por unos días, os dejaré sin escritos. Se que algun@s, l@s que más, lo lamentaréis y otr@s os alegraréis de ello no por las razones que estáis pensando sino porque, con la ausencia de mis palabras, os libráis de un competidor. Todo ello no es excusa para que no reciba vuestros comentarios aún pagando con mi silencio. Para una persona vanidosa y ególatra como yo, es imprescindible ver su página llena de glosas.


A cambio de ellas os prometo que no hablaré con nadie de que escribís diarios (vale, “blogs”) en “La Red”. De mis labios no saldrá ni una palabra sobre los pensamientos, historias, sentimientos que derramáis en vuestros escritos. Tampoco explicaré que dejáis vuestras palabras en otras páginas y, ni mucho menos, que os emocionan y a veces os enternecen lo que leéis. No diré nada de todo ello no vaya a ser que a quién comente, sea vuestr@ compañer@ de trabajo, cónyuge o amante ignorante, jefe o similares y os identifique ganando ventaja sobre vosotr@s o tengáis un disgusto familiar o laboral. No habrá en mi ni rastro de “bites”. Hasta negaré saber lo qué es un diario (de acuerdo, “blog”). Seré una tumba en cuanto a lo cibernético se refiere. Sellada, por supuesto.


Y si por casualidad me cruzo con algun@ de vosotr@s, haré como si no os conociera porque, claro, sino podemos hablar ni de nuestros pensamientos, ni de nuestras historias ni, claro está, de lo que sentimos ¿de qué vamos a conversar?. ¡!Ah ¡! ¡!Ya se. Podríamos hablar del tiempo!!. O no, porque para eso, ya tenemos al ‘hombre del ídem’ que nos lo explica con detalle por la “tele”. Pues si tampoco podemos hablar del tiempo, no nos queda otro remedio que hablar de sexo. E, indudablemente, practicarlo si se trata de ‘ellas’. ¿Os dais cuenta? Ya me estáis abocando de nuevo a ser un hombre como los demás y que siempre está pensando en lo mismo. Y eso que me he resistido. Hasta la vuelta.

Los méritos del amor

Los méritos del amor

Estuvimos conversando sobre castillos, princesas y caballeros. Montados a la grupa de nuestras palabras, recorrimos los arrabales de una ciudad de fantasía sin atrevernos a traspasar su puente levadizo que permanecía franco para nosotros. Era algo tarde y obligaciones mundanas que debíamos realizar al día siguiente o, mejor dicho, en las horas siguientes, nos arrastraron hacia nuestros aposentos convertidos, aún, ella en princesa y yo, en caballero. Creo que hoy es un día especial para ella, “en cuarenta y ocho horas”, me dijo. No se si acierto en el plazo, pero seguro que me sabrá disculpar este pequeño desliz con una sonrisa que es, en definitiva, lo que busco con el cuento que dejo hoy como… regalo.


“Érase una vez una princesa que estaba muy triste porque nadie llenaba su corazón. No es que le faltasen pretendientes ya que era una princesa bella y su reino, próspero. Pero tal vez por eso, por ser bella y rica, desconfiaba que el amor de quién a ella se acercaban fuese sincero.





Un día pasó por el reino un hombre que dijo estar cautivado por ella, y así se lo confesó, "pero soy pobre". La princesa quería una prueba de aquél amor tan pronto confesado a lo que el hombre le dijo: "Como prueba de que mi amor es verdadero, pasaré bajo vuestro balcón sin moverme, 100 días con sus respectivas noches, sin comer, ni beber. Mi alimento será veros y vuestra sonrisa calmará mi sed".





Y así fue. Día tras día aquél hombre permanecía sin moverse bajo el balcón de la princesa. Sólo le cabía mirarla y percibir su sonrisa para permanecer un día más. Así uno tras otro hasta el día 99. Los vasallos se alegraban porque la princesa, por fin, había encontrado a un hombre que la amase. Pero hete aquí que, cuando faltaba una hora para que se cumpliese el plazo de los 100 días, el hombre recogió su hatillo y se fue de allí. La gente, extrañada por la actitud del hombre al que tan poco tiempo le faltaba para casarse con la princesa, le preguntó el porqué abandonaba. Él, con semblante triste, les respondió:


"Una mujer que no es capaz de ahorrarme ni una hora de sufrimiento es que no merece mi amor".


Silencios

Silencios

Cuando pienso en lo larga que es la espera en silencio;


Cuando presiento lo cerca que está la desesperanza mientras enmudezco;


Cuando veo que cada minuto que pasa está acompañado de una forzada pasividad;


Cuando miro y solo consigo ver sombras;


Cuando necesito oír palabras y el mutismo es dueño…


En ese momento nace el miedo;


En esa décima de segundo se incuba el desasosiego;


En ese instante, infinito, empieza la desilusión y con ello advierto como, poco a poco, se apodera de mí un vacío inmenso que consigo llenar únicamente de soledad.

Consejo para todo tiempo

Consejo para todo tiempo

Debéis elegir muy bien a quién amar...
Pero mucho mejor a quién vais a hacer daño.

Entrenador personal

En todo gimnasio burgués que se precie tiene que haber un servicio de entrenadores y entrenadoras personales. En el que estoy apuntado, como se precia, no iba a ser menos. Con la cuota de inscripción te regalan (eso dicen), dos sesiones con un entrenador “ad hoc”. Eso de que pongan a mi disposición un entrenador personal que esté dispuesto a hacerme la pelota e, incluso, ejercitar por mí aquellos ejercicios a los que no llego, me gusta. Es más, casi lo exijo dado el dineral que me cuesta el tratamiento muscular al que me estoy sometiendo.


Fuera bromas, el primer día de gimnasio se agradece el tener la orientación de alguien que sepa como manejar los aparatejos que se me antojaron diseñados por el marqués de Sade del culturismo. “Dios mío, ¡¡ pero cómo me voy a meter ahí ¡!”, pensaba. El equivocarte en el peso o en las posiciones de cualquier artilugio, puede suponer que, en plena acción moldeadora, se te descoyunte el cuádriceps o, lo que es peor, se te salga la hernia (inguinal) y aparezca un bulto más que sospechoso bajo el pantalón. Y ya no se lo que es peor, si el dolor que puede producirte una hernia salida inopinadamente o el ridículo de que te vean con un pantalón corto abultado por un lugar que no es el que debería ser.





A mi me tocó en suerte un entrenador. Un tipo profesional y curtido en estas lides de los gimnasios pijos. Enseguida congeniamos. Él sabía cómo “bientratarme” y yo le marqué los límites de mi maquinaria corporal. “Mi motor biológico es diesel”, le comenté. “Entendido”, me contestó. “Empecemos por el calentamiento”. Como andaba algo despistadillo en los términos olímpicos pensé que se estaba refiriendo a otro tipo de calentamiento. No he dicho que la escena transcurría a la uno del mediodía de un día laborable. Laborable para la inmensa mayoría de los hombres y mujeres que se ganan el pan con el sudor de su frente. Bueno, pues a estas horas, los gimnasios están llenos de señores y, sobre todo de señoras, que se ganan el pan con el sudor de aquéllos y aquellas y con el que les provoca el ejercicio que realizan. Podéis imaginaros los cuerpazos que se consiguen cuando no tienes mayor preocupación que dedicarte en alma a tu cuerpo. La visión de tanta “perfección” había calentado suficientemente mis bujías, a la vez que desalentó mi ánimo cuándo comparé mi cuerpo resultón con los “chasis” de diseño. Y en esos momentos de pesadumbre y dudas es cuando de verdad aprecias el tener a tu lado un entrenador “a medida”. Un profesional de la cabeza a los pies, pasando por los músculos que te ayude a superar esas crisis. Y el mío era todo un experto en el medio.


Pues bien, como en la cuestión del calentamiento me vió algo desorientado, me señaló hacia un aparato de esos en los que pones los pies y haces ver que caminas pero no te mueves. Para aprender a programar el cachivache, necesitas, como mínimo, una licenciatura en ingeniería de sistemas. Menos mal que a mi lado, solícito, estaba el paciente instructor apuntándome el manejo del mismo. Bueno, no quiero cansar con los resultados de mi ejercicio porque es algo baladí. Para resumir diré que creo que no seré seleccionado para las próximas Olimpiadas, ni para ninguna otra, cosa que ya imaginaba. Tampoco los resultados fueron tan desastrosos. Sin ir más lejos, me contaba el entrenador que algunas personas mayores de sesenta y cinco años, obtienen peores resultados que yo…el primer día. ¡Fantástico! ¡Eso es un maestro de la gimnasia! ¡Eso es infundir moral!


Pero no es en ese detalle dónde mi instructor particular demostró su valía como tal. Fue en la “suerte” de las máquinas donde dió el “do” de pecho. “Vamos a hacer abdominales”, me dijo. No se el porqué se imaginó podía necesitar modelar mis abdominales, tan preciosos y curvilíneos que los tengo. Como soy una persona no dada a polemizar le hice caso y me dispuse a seguir sus instrucciones. Así que me estiré en el suelo con la equivocada idea, como luego comprobé, de que iba a ser él quién me levantase la cabeza o, en su caso, las piernas. No fue así. “Debes hacer tres series de quince levantamientos, con un intervalo de treinta segundos entre serie y serie”. Mientras intentaba levantar la cabeza él iba contando mis elevaciones de testa. “Uno…dos… tres…cuatro…quince. Descanso…”. La verdad es que, al llegar al número diez ya no sabía a quién pertenecía mi cabeza, por Dios ¡que mareo!. “Segunda serie. Empecemos (sic)… Uno… dos… tres… cuatro…” Justo cuando llegaba al número cinco pasó por delante de mí uno de aquellos cuerpos de mujer, duros, tersos, lozanos “¡Pedazo de hembra!”, pensé. Y hete aquí que el entrenador, convertido en un profesional de tomo y lomo, elevando la voz lo justo para que aquél cuerpo de vicio lo oyese, continuó con su particular cuenta: “…ciento cinco… ciento seis… ciento siete… ciento ocho… Perfecto Líneas. Hoy bates el record del gimnasio…” No pude acabar la segunda serie de la risa que me cogió. Él tampoco pudo aguantarse. Así que ambos acabamos haciendo unos abdominales de pura risa.


Además de las dos sesiones que me obsequia el gimnasio he contratado, de momento, a mi entrenador personal, para dos sesiones más. Esta vez pagando. Y es que, tan importante como la gimnasia del cuerpo, lo es aún más la del espíritu.

Todo es lo que parece y nada es lo que es (I)

Todo es lo que parece y nada es lo que es (I)

La oscuridad servía de cobijo a aquél hombre que, a medio vestir, temía ser advertido por las personas que merodeaban cerca de él. A unos cincuenta metros de dónde se encontraba se situaba la verja que le separaba de la ansiada libertad. Podía verla, ahí, al alcance de su mano y de la velocidad que imprimiese a sus pies. Acechante a cualquier descuido de los que por allí se encontraban y que le permitiese emprender su carrera, su corazón, latía fuerte a medida que adivinaba que el momento se acercaba...


"Poum, poum, poum, poum" notaba los latigazos de las sístoles y las diástoles en sus sienes...


"Poumpoum, poumpoum, poumpom" el momento estaba próximo... sus músculos se tensaron... sus piernas flexionaron, dispuestas para iniciar su particular esprin hacía la cerca...


"Poumpoumpoum ... ¡¡¡ ahoraaaaaaaaa !!!", se alentó mentalmente saliendo de su escondite con la mirada fija en aquél obstáculo que le separaba del otro lado dónde se encontraba su libertad... Un pequeño brinco… "¡¡¡ arfarfarfarfarf !!!" ... cinco metros ... la tenía allí, casi podía tocarla con los dedos… “uuummmmuuuummmmm” se encaramó a la valla de un salto ágil y preciso lo que le permitió que en menos de dos segundos se encontrase al otro lado…


“¡Cariño!”, dijo una voz varonil dentro de la casa de donde había salido, segundos antes, aquél hombre en angustiosa carrera, “¡Te has dejado la puerta del armario abierta y casi me doy un trompazo!”


“¡Perdona amor!” era una voz femenina la que se oía ahora “Estuve haciendo el cambio de ropa de verano a invierno y debo haberme olvidado cerrarla”… Dijo aquella mujer pensando en lo afortunada que era porque su marido casi se hubiese dado de bruces con la puerta del armario de la habitación de matrimonio y no con su amante con el que había estado retozando apenas quince minutos antes.


“¡Pero si estamos en agosto cielo!”, replicó su marido mientras mirando por la ventana de la habitación se fijaba en un hombre que, a medio vestir, andaba por la calle con paso acelerado y cara de sofoco. “¡¡Es él!!” pensó. “¡¡ ¿Pero, pero qué hace tan cerca de casa?!! ¡¡Por Dios que no lo vea mi mujer, que me mata!!”


Mientras, en la calle, al otro lado, aquél hombre iba recuperando el resuello a medida que se alejaba de la casa. Sin atreverse a volver la vista hacia ella, ajeno a la conversación de aquella pareja aunque sintiéndose protagonista, pensaba en lo harto que estaba de participar en el juego del amante pillado in fraganti. “Un día de estos me va a saltar el corazón del pecho y uno ya no está para ir saltando verjas por el mundo, así que hay que oficializar las infidelidades” para concluir “La próxima vez les propongo un trío”. Si, pero entonces, no será tan divertido y a buen seguro que habrá que ir a un gimnasio … para hacer más ejercicio.

Todo es lo que parece y nada es lo que es (II)

Todo es lo que parece y nada es lo que es (II)

¿Y tú qué ves ?

Llenando espacios

Cuando creas que tu vida se agota
porque no notas la caricia del sol…


Cuando solo sientas tristeza a tu lado
porque las lágrimas son tus únicas razones…





Cuando se acabe la esperanza
porque veas que la hierba no crece…


Cuando llegue ese momento
en el que nada más exista una eternidad vacía


Será en ese momento cuando yo esté ahí,
muy cerca de ti,
para darte el sol…
para secar tus lágrimas…
para ver juntos crecer la hierba
Para llenar la eternidad de nosotros.


(6 de marzo de 1976)

El fracaso de los dioses

El fracaso de los dioses

La gente pidió ídolos a los dioses para adorarlos. Estos, conscientes que su condición divina pasaba por satisfacer las necesidades de los humanos tan escasos de valores por los que preocuparse, pusieron en marcha su extraordinaria maquinaria de márqueting publicitario en busca de esos ídolos.


Como no podía ser de otro modo, la convocatoria fue un éxito total. Fueron miles, casi cincuenta mil, los candidatos que se presentaron para ocupar el puesto de ídolo. Pero no todos podían serlo, así que los dioses, que estaban por encima de la sabiduría de los mortales, sometieron a todo tipo de pruebas a los que codiciaban el puesto. Eso suponía supeditarlos a la espera en largas colas a la intemperie para luego, en una habitación decorada más como un zulo que como una sala de exámenes, l@s candidat@s eran juzgados bajo esa mirada que tienen los dioses, mezcla de una desganada soberbia e hipócrita benevolencia.





Uno a uno y una a una fueron pasando los que buscaban la gloria, el “triunfo” como le llamaban a toda esa fantasmal operación. En ese entarimado artificial los dioses, sabedores de su poderío, hacían gritar, llorar, saltar, hasta suplicar a los humanos. Sólo quedaron dieciocho. Eran los elegidos. La gente empezaba a mostrar su idolatría por unos y otras… Llenaban estadios, plazas de ciudades, se compraban camisetas impresas con la foto y el nombre de su ídolo preferido, hacían pancartas con eslóganes, organizaban tertulias cantando y contando las virtudes de sus predilectos. Incluso, los más afortunados, podían verlos y hasta tocar sus vestiduras cuando sus iconos se sometían a las pruebas de gritos modulados semana tras semana. Pero los dioses eran implacables. Cada semana debía abandonar el Olimpo uno de los dieciocho. Normalmente el que menos gritaba, porque de gritar se trataba. Así hasta quedar tres del que saldría el elegido o la elegida. El nuevo ídolo nacional que aglutinaría a las masas ávidas de alguien al que adorar. El Fernando Alonso de la canción. La Penélope Cruz de los escenarios (con perdón). Allí estaría en lo más alto del podio. En el lugar de los vencedores mirando desde cierta distancia, en aquél instante, a los que hasta hacía pocos meses habían sido sus iguales.





Mientras todo esto ocurría seguía recapacitando sobre el nombre del concurso preguntándome el porqué le llaman “Operación Triunfo” si de casi cincuenta mil aspirantes, sólo gana uno. Eso, para mí es un auténtico fracaso porque, si de cincuenta mil pleitos sólo hubiera ganado uno, tendría que haberme ganado la vida de otra manera o, lo que es peor, estaría entre rejas por “mala praxis”. Claro que yo no soy un dios, ni tengo vocación de ídolo. Soy de los que adoro.

Tonificando la musculatura

Resulta que me he apuntado a un gimnasio y ayer miércoles fue mi primer día. He decidido introducirme en el fascinante mundo del “fitnnes”, “spining”, “Step”, pesas y similares para adquirir, según dicen los entendidos, algo de consistencia en la musculatura, que es como se denomina ahora, de una manera gramaticalmente generosa, a los y las (que “haylas”) que tienen el pecho caído. Enfatizo el término “los que tienen” ya que el autor de estas líneas tiene sus consistencias en el sitio que debe tenerlas. Lo único que me hace falta es la filigrana, bordar el perímetro, acotar la curvatura. Vamos, algo así como conseguir el “músculo de diseño”.


Para no ahuyentar a las señoras que me estén leyendo imaginando que tengo una estructura corporal poco atractiva y muy artrósica, me apresuraré a decir que antes de abrazar la cultura de la juventud eterna a través del sufrimiento corpóreo, no era un acérrimo defensor del sedentarismo. No. El ser un consumado andarín, debo hacerme un mínimo cinco quilómetros diarios para encontrar el equilibrio en mi cuerpo; aficionado ciclista de fin de semana; esquiador de temporada; practicante, actualmente en paro, de paddle y navegante mediterráneo, me ha permitido conservar una armonía exterior mucho más que aceptable. Vamos que alguna que otra señora no exenta de visión y gusto, me mira. En definitiva, lo diré ya sin ambages para las que se hayan perdido en el marasmo literario, estoy bueno y no me hace falta ir al gimnasio. Pero como tengo esa edad en la que toca ir, pues voy.





El gimnasio está situado en la zona alta de Barcelona, es decir, un lugar para pijos y es, consecuentemente, un gimnasio pijo. A mi siempre me encuadran en ese estrato social, en el de los pijos. Bueno, a mis años la denominación que se emplea es la de burgués. Así que soy considerado un burgués con gustos burgueses y vida aburguesada. Eso si, añado siempre, un burgués atipico. Si burgués he de ser considerado, me adjetivo como ilustrado y con conciencia social. Pero no iba a hablar de mi condición social. Iba a hablar o, mejor dicho, a escribir, sobre mi primer día de gimnasio. Pero como hoy ya no tengo tiempo para escribir más, voy a dejar el tema para otro día y, puedo aseguraros, que el asuntillo va a dar para muchos relatos… y para muchas duchas frías. Como la que me di hoy después del sofocón.

Botones secundarios

Botones secundarios

Hago "clic" sobre el botón secundario de mi ratón tal y cómo me indica la flecha que he situado sobre un espacio vacío.


"No admitir". Una de las formas de comunicarse con el usuari@. Un eufemismo de este mundo virtual.


Ahora, "Herramientas". Cuando se desplega el menú, pincho sobre "Opciones". Luego en "Privacidad", buscando ese espacio vacío. Ahí está.


Nuevo "clic" sobre el botón secundario.


"Eliminar". He tardado treinta segundos en completar la operación.


En mi mente tardaré algo más en eliminar ese espacio vacío. No tengo botones secundarios.

La farola

La farola

Era una farola vulgar y corriente, como las que hay a cientos en todas las plazas y calles de las ciudades y pueblos. Nadie se fijaba en ella y, si la farola pudiese contar su historia, sólo explicaría que una vez pasó por allí un empleado municipal a cambiarle unos cables que se le habían desgastado con el paso del tiempo. Esa era su mayor anécdota. Esa y que un perro vagabundo y piojoso había marcado su territorio en ella.


Así estaba la farola de nuestra historia, viendo pasar su vida de cuento anodino cuando, un día todo cambió. Sucedió que se había convocado en una estrella cercana a la tierra una convención de magos, aprovechando que ese año se produciría un eclipse de sol. Los magos, debéis saber, sólo pueden viajar a través de la franja oscura que se produce cuándo la Luna tapa al Sol en su trayectoria. Esa zona oscura, es la autopista de los magos y la que les marca el camino hacia la estrella dónde, cada muchos años, se reúnen para hablar de los nuevos avances en el encantamiento.





Dió la casualidad que la franja oscura pasaba por la ciudad donde se ubicaba la farola, así que, ese día, tenía trabajo extra al tener que permanecer encendida durante más horas de las establecidas. Iluminando con su luz amarillenta y mortecina estaba la farola cuando se posó encima de ella, un mago que se había tomado un descanso en su viaje hacia la estrella. La parada fue corta, ya que el eclipse duraba pocos minutos y no era cuestión de desaprovechar la oscuridad que le marcaba su camino. Al reemprender el mago su viaje, se desgarró un pedacito de su traje quedándose enganchado en la parte superior de la farola. Eran apenas unos hilos, un trozo muy pequeño que, dada su posición y tamaño, permanecía oculto a quienes miraban a la protagonista de nuestra historia.


Sabido es que los trajes de los magos son, asimismo, mágicos. También es sabido que la magia se transfiere a quién entra en contacto con ella. Así pues, de esta forma, la tela que se había quedado enganchada a la farola transmitió a ésta poderes mágicos. A partir de aquél momento cuando se le acercaba algún empleado municipal a arreglarle sus circuitos eléctricos, se convertía en propietario de una empresa de componentes electrónicos. El perro que se acercaba a marcar su territorio, en un extraordinario cánido de pedigrí apreciadísimo, orgullo de todas las perritas de la ciudad. El borracho que se acercaba a ella para apoyarse, recuperaba inmediatamente la sobriedad y estaba presto para una nueva juerga etílica, cuestión ésta que llenaba de alegría a los propietarios de los bares. La dama y el varón que se acercaban a abrazarla, no tardaban en encontrar al príncipe o princesa de sus sueños.


Como es normal, la fama de la farola creció rápidamente y venían a visitarla personas de todos los lugares de la tierra, de cualquier clase y condición. Todos y todas formaban grandes colas para conseguir ese punto de magia que le hiciese más felices su vida. El paso del tiempo y el trasiego de la gente habían desgastado mucho el aspecto de la farola. Los responsables del consistorio pensaron que, una farola encantada como aquella, no podía estar sucia ni vieja, así que decidieron hacerle una limpieza a fondo. Así que se pusieron manos a la obra. Le quitaron el polvo, le cambiaron las bombillas, lijaron sus metales, la pintaron con ribetes dorados. Dejaron una farola reluciente y perfecta pero, en toda esta operación, quitaron el trozo de tela que se desgarró del vestido del mago. Y la magia se perdió junto con la tela.


Así que a pesar de ser ahora una farola bellísima, había perdido todo su encanto. Poco a poco la gente fue alejándose de ella, hasta que, nuevamente se quedó allí, sola, como al principio de nuestra historia. Volvía a ser una farola vulgar. Como todas las demás farolas.


Dicen que, aún hoy día, algunas personas que conocen la historia, siguen abrazando farolas esperando encontrar alguna que les transmita su magia. No saben que, la magia, la transmiten ellas en cada abrazo.

Pudor

Pudor

Podrás ver la desnudez de mi cuerpo, oír el susurro de mis palabras, advertir mi mirada encendida cuando te acaricio.


Podrás, en definitiva, hacer el amor conmigo.


Pero no me verás dormido entre tus brazos. No te amo y se que tú a mi tampoco, por eso no quiero que te lleves mis sueños. Porque no te pertenecen.


Y si, en un momento de debilidad, consiguieses apoderarte de uno de ellos, entristeceré y hasta es posible que me veas llorar. Porque no te amo y se que tú a mi tampoco y no me importa acabar con la sequía de tu vanidad.

Gamberradas de leyenda (y 2ª parte)

Gamberradas de leyenda (y 2ª parte)

En las aulas no se hablaba de otra cosa que no fuese del incidente musical de la mañana. En la clase donde me encontraba me senté en el mismo banco que mis dos buenos amigos, Vallcorva y Antonio. Bueno. Lo cierto es que este último no se llamaba Antonio. Su verdadero nombre era (y es) Peter Ivailo Antonov Andruskova. Si, si. Ruso. Soviético en aquella época. Pero como el simple hecho de ser soviético en nuestro País ya era casi delito, todo el mundo, incluidos los profesores, le llamábamos Antonio. Era y es un tío inteligente, simpático y de gran éxito con las niñas, hoy mujeres. A eso debíamos añadir una corpulencia física nada despreciable y un valor fuera de toda duda. Ser soviético e irse a estudiar a un INEM nacional-sindicalista, católico, apostólico y español (por lo de romano) tenía su mérito en 1969 ó 1970. Además era de los pocos que estudiaba inglés y eso ya era algo así como decir que era “rojo”.


Vallcorva era el portero del equipo oficial de balonmano del colegio. Un tipo duro y poco estudioso que dedicaba todos sus esfuerzos al deporte y a las chicas. A Vallcorva lo soportaban los profesores porque era buen deportista y hacía quedar muy bien al INEM en las competiciones interescolares. Pero al igual que Antonio, estudiaba inglés y eso lo condenaba a la marginalidad. Entre medio de ellos dos me encontraba yo. A mi me soportaban porque mis notas eran excelentes y, además, estudiaba francés como todo el mundo. Pero me negaba a seguir las normas y siempre me veían haciendo bandera con mis colegas los marginados, entre otras cosas, porque la marginación era sinónimo de diversión, diversidad e imaginación.


Así que aquél día, nos pusimos los tres en el último banco de la clase, situada en el segundo piso del edificio, tratando de ponernos a salvo de las miradas del profesor que nos estaba largando un rollo sobre los logaritmos neperianos. Fuera de sus miradas podíamos organizar nuestra particular “fiesta”. Los bancos de una sola pieza, donde nos sentábamos tres o cuatro alumnos, eran rústicos y algo incómodos.


Si bien estábamos casi escondidos en esa última fila, lo que no pudimos evitar, fueron las carcajadas que se nos escapaban cada vez que recordábamos el incidente de la mañana. Eso llegó a enervar al profesor que, tras media hora de aguantar estoicamente nuestra algarada, acabó gritando: “¡¡ El último banco, a la calle ¡!” . Se hizo el silencio. Los tres nos miramos sin decirnos nada y, ni cortos ni perezosos, nos levantamos, abrimos la ventana que daba al patio, asimos la bancada y la lanzamos al vacío…


“¡¡¡¡¡¡¡¡ccccaaaaaaaaaaatttttttttaaaaaaaaaaaaaacccccrrrrasssssssshhhh !!!!!!


El ruido fue espantoso.


“¡¡¡Laaaaaaaaaaaaaa hoooooooooooossssssssssssssstttttttttiiiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaa!!!”, se oyó gritar en un alarido colectivo único e irrepetible.


Luego quietud tensa. Caras de asombro tornándose en espanto por lo que se avecinaba. Por mi mente, en una fracción de tiempo de esas que no tienen espacio porque te parecen eternamente cortas, pasaron todas las imágenes de mi vida como cuando estás teniendo un accidente que ves esa película. Imaginaba el final sombrío y entre rejas…


“¡¡Quietos aquí!!” Logró decirnos el profesor de los logaritmos neperianos señalándonos con su índice un lugar imaginario en el espacio del aula. La verdad es que ninguno de los tres, sobrecogidos por el ajusticiamiento que se avecinaba, habíamos podido hacer el más leve movimiento. Allí estábamos petrificados contando el tiempo que tardaríamos en escuchar las sirenas del coche de la “gristapo” (la policía vestía unos sugerentes uniformes grises por entonces). Me estaba imaginando la escena y lo que le diría al comisario cuando me sometiese a interrogatorio. “¡¡ Pero señor Comisario, hicimos lo que nos dijo el profesor. Ordenó que el último banco se fuera a la calle. Y, nosotros, cumplimos la orden ¡!”. Más tarde deseché la idea de hacer comentario alguno no fuese que, al delito que acaba de cometer, añadiera el de escarnio a las fuerzas del orden…


Pero no pasó nada de eso. Bueno, pasar, si pasó. A Vallcorva y Antonio a quiénes, de paso, les atribuyeron la autoría de la “gamberrada” del “hit parade revolucionario”, los expulsaron del INEM con lo que, el portero suplente del equipo de balonmano del colegio, uno de los favoritos del director porque organizaba excursiones para la O.J.E. (Organización de las Juventudes Españolas) pudo acceder a la titularidad por méritos impropios. Le perdí la pista y no he vuelto a saber de él. Antonio, como no podía ser de otra manera, al salir del INEM y aceptarlo en uno de esos Colegios privados “para extranjeros”, encontró lugar para poder desarrollar su imaginación e inteligencia. Hoy día es arquitecto y me consta que no se le caen las casas, ni rompe los muebles.


¿Y a mi qué me pasó? ¡¡ ¿ Pero no leéis que estoy aquí contándola? ¡!. Sobreviví a esa y a muchas más que me ocurrieron en la Universidad entre los años 1974 y 1979 ¿Os es familiar esa época? Por el “delito” cometido, me expulsaron del INEM durante una semana. Supongo que mi brillante historial académico y el que mi padre hubiese sido oficial al servicio del ejército rebelde en la guerra incivil, ayudaron a que el castigo fuese mínimo. Al acabar aquél curso me fui a una academia. Ese fue el trato que hicieron con mi progenitor porque, no era bueno que, una leyenda como yo y de ese tipo, fuese una leyenda viva en el colectivo estudiantil. Era un mal ejemplo y no podía estar allí. Por suerte puedo seguir siéndolo.

Gamberradas de leyenda (1ª parte)

Gamberradas de leyenda (1ª parte)

Al leer las niñerías que monocamy describe como gamberradas en su artículo del día 19 , no puedo por menos que sonreírme y recordar aquellas que hice, “sólo o en compañía de”, allá por los tiernos años de la adolescencia. En particular recuerdo un día en el que, por muy poco, no acaba con mis huesos en un centro para menores (entonces se llamaba correccional). Antes de pasar al relato hay que conocer el entorno en que se produjo el incidente.


Corría o, más bien, andaba en su lenta monotonía el año 1969 ó 1970, no lo recuerdo bien. Debéis perdonar mi falta de memoria pero es que, en aquellas fechas los años se parecían mucho unos a otros y, salvo la fecha de mi comunión (aunque las hostias ya me las habían empezado a repartir antes), el primer beso que le di a una chica (o ella me lo dio a mi) y mi primera polución nocturna (totalmente voluntaria) las demás fechas me la traían al pairo. Bueno, todas no. La obligada del 20 julio de 1969 cuándo el hombre, con la ayuda de Stanley Kubrick, pisó por primera vez la Luna, también la recuerdo. Por cierto que, con el tiempo y el advenimiento de la actual democracia a partir de noviembre de 1975, pude llegar al convencimiento que aquélla hazaña no fue para conmemorar el treinta aniversario del “glorioso alzamiento del 18 de julio”, como en algunos círculos se había llegado a comentar. Así como también supe que Armstrong no era en realidad el seudónimo de Agustín, ni Aldrin el de Agapito, ni Collins (el que se quedó en la nave) el del Sr. Conill, en Catalunya y Cunil en el resto del suelo patrio. He de aclarar que, por aquél entonces, era obligatorio que los apellidos catalanes o que morfológicamente se pareciesen, debían llevar delante el tratamiento de “señor, señora o señorita”, supongo que para remarcar el tópico de que “los catalanes éramos gente trabajadora y seria” y siempre veíamos las relaciones con los demás como meras transacciones comerciales y no como un compadreo tabernario.


Situado el contexto histórico en el que se produjo la tropelía, es necesario saber dónde para entender lo que acaeció después. En aquél tiempo estaba estudiando sexto de bachillerato en lo que se denominaba Instituto Nacional de Enseñanza Media. Jamás he sabido a que se debía la denominación “Enseñanza Media” si a que la historia de España, asignatura obligatoria desde párvulos, sólo te la explicaban hasta la mitad del siglo XIX o si era porque salíamos de allí “medio enseñados” ya que los profesores habían obviado voluntariamente a nuestro conocimiento, determinados detalles escabrosos de la vida que luego, “por desgracia”, nos sería revelados en nuestro acontecer adulto. Lo que si era curioso es que las siglas del Instituto eran las de INEM, con lo que se puede decir que ya existían las oficinas de “desempleo” incluso antes de que existieran los parados (en esos años no había parados, sino vagos). Sexto de bachillerato equivale a lo que hoy es un primero de bachillerato. Luego, para pasar al siguiente curso, el que se llamó Curso de Orientación Universitaria (C.O.U.) debías superar una reválida y, una vez acabado éste, la selectividad. Bueno, el que se denominaba, “examen de entrada en la Universidad”.


Para que os hagáis una idea, el INEM al que iba, denominado “Menéndez Pelayo”, seguía la liturgia del Régimen imperante entonces. Y no me refiero al alimenticio, sino al político. Eso si, algo más anoréxico que el de ahora. Cada día, diez minutos antes de entrar en las clases por la mañana, nos hacían formar en filas a todos los alumnos en el patio del Instituto. Un enorme patio que podía albergar a más de los mil alumnos que, aproximadamente, allí cohabitábamos educativamente hablando. El rito siempre era el mismo. Sonaba una sirena, como la de las fábricas, a las nueve menos diez. Eso significaba que debíamos darnos prisa para conformar las hileras, de mayor a menor estatura, por clase y por curso. La conformación y rectitud de las filas se hacía extendiendo el brazo derecho, nunca el izquierdo por razones obvias, haciéndolo descansar en el hombro del compañero de delante y procurando que tu vista apuntase rectilíneamente al cogote de aquél.


Guardando por ese orden estudiantil y estético, estaban los profesores vigilantes que espoleaban a los remolones en conformar la hilera amenazándoles con castigos casi carcelarios sino accedían de inmediato a la formación. No digamos las reprimendas que se llevaban aquellos que, como yo, alborotaban el orden, dándole palmaditas en la nuca al compañero que tenía delante con la excusa de que no estaba apuntando bien la vista. “¡Líneas, le va a caer un paquete como continúe dándole palmaditas a Círculos¡”. Pero nada., yo continuaba con mi juego más que nada porque, el que me tocaba siempre delante le tenía una tirria fenomenal por lo repeinadito que iba siempre. Era entonces el momento, teniendo su cogote a mano, cuando podía descargar el golpecito y, de paso, marearle un poco la cabellera. Mi momento estudiantil de gloria diario. La verdad es que acabé por cogerle cariño al cogote, no a su propietario que, por lo que supe, años después, la seguridad social le concedió una pensión de invalidez permanente, “por problemas en las cervicales”. Prometo que no tuve nada que ver en el asunto.


Pero eso no es lo que quería contar. Lo que quería explicar fueron dos gamberradas que acaecieron en un mismo día y que me hicieron entrar, y no exagero al menos en una de ellas, en la historia de las leyendas estudiantiles. En esas historias que corren por colegios e institutos y que no se sabe si pertenecen al imaginario popular o sucedieron realmente.


Continuemos en ese patio y con la formación. Una vez formados, firmes, desde un megáfono situado en un despacho del primer piso del edificio del INEM, el director nos voceaba las instrucciones. “¡¡ Derechaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaarrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr ¡!”. Y a esa voz todos girábamos a la derecha. Desde esa posición, alzando la vista hacia un pequeño patio superior situado enfrente nuestro, se ubicaba un mástil con la bandera española. Cada día debía ser izada por uno de nosotros mientras, por megafonía, sonaba el himno nacional. Podéis imaginaros el castigo que se inflingía a aquél que moviese siquiera una pestaña o el que, tararease siguiendo los acordes del himno aquello de: “Arriba Espanya montada en una canya, si la canya es cau, Espanya adeu xiau”. Lo cierto es que nosotros nunca tuvimos la culpa que Manuel de Espinosa, a quién se le atribuye el mismo, no lo acompañase de letra y azuzase nuestra imaginación para que cada españolito le pusiera la que creyera más conveniente.


Cada día, además, después de escuchar los acordes del himno nacional, uno de nosotros subía al primer piso para recitar la “Canción de la Juventud española” que, para no cansar al lector y lectora, sólo citaré en su última estrofa. Decía así. “San Fernando, patrón de la juventud española, nos ayude a mantenernos fieles a nuestros ideales por una España mejor ¡Viva España ¡” “¡¡ Viva ¡!”, decían casi todos cruzando los dedos…


Y me llegó el turno de ir a recitar la cancioncilla de marras. Aquél día, un compañero de clase que tenía fama de viajar con sus padres frecuentemente a Francia, Vallcorva, me dió un inidentificable disco en su funda y me dijo sonriendo: “Haz el cambiazo por ésta cancioncilla que hoy bailaremos en el patio”. Llegué al primer piso donde, como siempre, estaba el director: “¡Hombre Líneas, a ver cómo lo hacemos hoy ¡” “ Muy bien, Sr. Director, hasta me he aclarado la voz para recitar en condiciones!”. Recuerdo que me lanzó una mirada como dudando en si era sincero lo que le decía o, si por el contrario, le estaba tomando el pelo. En un momento de descuido del director, cambié el disco del himno nacional por el que me había facilitado mi amigo… No se dio cuenta del cambiazo. “¡¡ Bien ¡!”, pensé. Con mucha solemnidad, el director, ahora ejerciendo de pincha-discos nacional, colocó la aguja en el vinilo y las notas empezaron a sonar:


“Si los curas y frailes supieran
la paliza que les van a dar,
subirían al coro cantando:
"Libertad, libertad, libertad!!”


Si los Reyes de España supieran
lo poco que van a durar,
a la calle saldrían gritando:
"¡Libertad, libertad, libertad!"…



Recuerdo la expresión de terror reflejada en la cara del mandarife estudiantil que, sólo acertaba a gritar: “¡¡! Líneas quiteeeeeeeeeeeeeee eso inmediatamenteeeeeeeeeee ¡!! Y yo, no queriendo traicionar aquél histórico momento, me hice el traspuesto aprovechando que la risa se había quedado en mi boca abultando y enrojeciendo exageradamente los mofletes. Debió verme de color algo violáceo el director pensando que me estaba quedando sin respiración del susto, porque fue él el que reaccionó arrancando literalmente, el disco de su ubicación justo, justo cuando se escuchaba el tercer son de “…libertad!”.


“¡¡Todo el mundo a clase inmediatamente!!” vociferó el mandamás por megafonía “¡¡ Y que el culpable o los culpables no piensen que van a salir de esta sin su justo castigo!!”. Y dirigiéndose a mi: “¡¡¿ Y Ud. Líneas no sabrá nada verdad?!!” “Nada, nada, Sr. Director” dije con voz temblorosa. “¡¡Ya hablaremos!!. Ahora váyase a clase con los demás”."

¡¡ Pero qué divertido es el amor !!

¡¡ Pero qué divertido es el amor !!

Érase una vez (y muchas) un hombre que cuando se aburría se enamoraba. En sus horas libres, que eran pocas, sentía la necesidad de desplegar su amor en alguna mujer. Como era un hombre de muchos recursos, inteligente, simpático y atractivo, las mujeres para enamorarse no le faltaban. El enamoramiento le duraba lo que le duraban sus ratos de ocio así que, como eran pocos y de corta duración, siempre se encontraba en aquél estado pasional de los comienzos del amor. Durante los largos períodos de actividad laboral, semanas, meses, a veces hasta años, el hombre ya no se acordaba de la enamorada que había dejado prendadita de sus encantos, así que tenía siempre que empezar de nuevo con la conquista de un nuevo amor. Pero no le importaba porque, lo que en realidad le gustaba, era seducir y ser seducido, sentir la pasión, el vértigo del juego porque, para el amor, ya tenía a su pareja en casa.